Yo no soy lo que recibo, soy lo que doy

Hace unas semanas que no escribo. No porque no tenga nada que decir, sino porque no me hice el tiempo necesario.

En estos últimos días pensé y reflexioné sobre muchas cosas que me vienen pasando, y hoy elijo dejarlo acá. Tal vez alguien esté sintiendo algo parecido y estas palabras le hagan un poco menos pesada la sensación de estar sola.

Una de las ideas que más volvió a mi cabeza fue esta:
yo no soy lo que recibo, yo soy lo que doy.

Mi manera de relacionarme con las personas nunca fue una contabilidad emocional donde todo tiene que devolverse en la misma medida. No sé querer a medias ni actuar en función de lo que me dieron primero. Cuando algo dentro de mí es real —cuando aparecen el cariño, la lealtad o la conexión— no doy menos para protegerme ni doy más esperando recompensa. Doy lo que nace de mí en ese momento.

Y sí, a veces eso significa sentir que lo entregado no vuelve con la misma intensidad. A veces también significa descubrir que no todo el mundo ama, cuida o se compromete desde el mismo lugar.

Pero también significa algo importante: que lo que ofrecí fue honesto.

Dar lo que uno siente es una forma de coherencia interna. Es decidir que mi forma de ser no va a depender de cómo otros actúen. No puedo controlar lo que alguien devuelve, pero sí puedo elegir que lo que salga de mí sea auténtico.

Hay personas que simplemente dan desde lo que llevan dentro, incluso sabiendo que no siempre será correspondido.

También noté algo: a muchos les da miedo la soledad.
A mí me da más miedo enamorarme de alguien que no sabe amar.

Aprendí a convivir con mi soledad. Aprendí a ocupar mis horas, a sostenerme cuando nadie está, a estar bien conmigo. Pero abrir el corazón otra vez implica un riesgo que no siempre termina bien.

Porque enamorarse no es solo sentir bonito.
Es bajar defensas.
Es mostrar partes que costó mucho reconstruir.
Es confiar en que esta vez no habrá que recoger los pedazos en silencio.

La soledad puede ser pesada, sí, pero es predecible.
El amor, en cambio, es incierto. Mueve estructuras, despierta expectativas y vuelve vulnerable incluso a quien juró que no se dejaría tocar tan fácil.

No me asusta estar conmigo.
Me asusta volver a ilusionarme.

Volver a imaginar futuros compartidos.
Volver a creer en pertenencias que después puedan desvanecerse.

Porque cuando uno se enamora de verdad no entrega una versión superficial. Entrega su tiempo, su energía, su historia y la esperanza de que alguien sabrá sostener todo eso con responsabilidad.

Y después de haber aprendido cuánto pesa reconstruirse, el miedo ya no es al amor en sí.
El miedo es a la posibilidad de tener que empezar de nuevo desde cero.

Con el corazón más consciente, sí…
pero igual de humano.

No me importa si a alguien le parece arrogante decirlo, pero sé que soy demasiado para ciertas cosas.

Demasiado para que me falten el respeto.
Demasiado para que me hagan perder el tiempo.
Demasiado para el falso amor.
Demasiado para la falta de compromiso.

Y no es ego.
Es amor propio.

He trabajado demasiado en mi crecimiento como para dejar que cualquiera venga a quitarme la tranquilidad.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando parecia distinto

Leo diferente según para quién