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Mostrando entradas de 2026

Leo diferente según para quién

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  Leo diferente según para quién Publicado en @marrbarua | Marcia Barua — Lectora profesional Hay algo que tardé años en poder nombrar. Llevo más de una década leyendo de manera sostenida y seria. Primero como lectora voraz, después como docente, y ahora —también— como lectora editorial. Y en algún momento del camino me di cuenta de que no es lo mismo leer un texto para enseñarlo que leer un texto para devolvérselo a quien lo escribió. Son dos lecturas distintas. Dos miradas que conviven en mí, y que aprendí a distinguir. Cuando leo como docente Como profesora, me pregunté durante años: ¿qué puede recibir un lector de este texto? ¿Qué dijo el autor y cómo lo recibe quien lee? Leo para que el texto sea comprensible, para encontrar las capas accesibles, para tender un puente entre la escritura y quien la lee. Es una lectura de servicio hacia el lector. Cuando leo como lectora editorial Como lectora editorial, la pregunta cambia por completo. Ya no pregunto qué dijo el text...

Cuando parecia distinto

Hay algo que pasa a veces, y es difícil de detectar en el momento. Alguien aparece y, sin hacer demasiado, se siente distinto. No por intensidad. No por vértigo. Sino por algo más calmo. Más claro. Como si, por una vez, no hubiera que estar interpretando todo el tiempo. Como si lo que el otro dice y lo que muestra estuvieran, más o menos, en la misma línea. Y eso alcanza para bajar la guardia. No del todo. Pero lo suficiente. Las conversaciones fluyen, hay interés, hay presencia. No hay esfuerzo en sostener el intercambio. Y en medio de esa dinámica, empieza a aparecer una sensación conocida, pero que esta vez parece más tranquila: la de posibilidad. No algo armado. No una historia proyectada. Pero sí la idea de que podría ser distinto. Y, sin embargo, hay momentos donde algo se corre apenas. No es un quiebre evidente. No hay una escena clara donde todo cambia. Es más sutil. Más incómodo de explicar. Un límite que aparece y no se termina de sostener. Una conversación que se m...

Mi amor es de peso – Katherine Flores

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Hay historias que buscan entretener, acompañar y recordarnos que el amor propio también forma parte del camino. Mi amor es de peso , de Katherine Flores, es una novela que combina romance, amistad, misterio y crecimiento personal en una lectura ágil y dinámica. La historia nos presenta a Colette, una joven que convive con inseguridades relacionadas con su cuerpo y autoestima, mientras intenta encontrar su lugar entre los sentimientos que ha guardado durante años, sus vínculos más cercanos y una serie de acontecimientos que comienzan a alterar su rutina. A su alrededor aparecen personajes que tendrán un papel importante en su vida, aportando distintas miradas sobre el amor, la amistad y la confianza. Uno de los aspectos que más disfruté de la novela fue su ritmo de lectura. Los capítulos cortos y el constante movimiento de la trama hacen que sea una historia fácil de continuar y muy rápida de leer. Además, incorpora una cuota de misterio que acompaña gran parte del recorrido y despierta...

Lo que ya no entrego

 Hay una parte de mí que ya decidió. No fue una decisión impulsiva, ni una reacción al enojo, ni una forma de cerrarme después de algo que dolió. Es más silenciosa que todo eso. Más firme también. Es una parte que entendió algo que antes no veía o, si lo veía, no lo sostenía. Ya no quiero vincularme desde el cuerpo si no hay algo que me sostenga más allá de ese momento. No es una regla moral. No es una postura. Es, más bien, una forma de cuidado que antes no sabía cómo tener conmigo. Durante mucho tiempo confundí conexión con intensidad, y la intensidad con cercanía. Había algo en ese movimiento que me resultaba familiar: avanzar rápido, sentir mucho, dejar que el cuerpo acompañe lo que todavía no estaba construido. No lo pensaba demasiado. Pasaba. Y después, cuando lo otro no aparecía (la continuidad, la intención, la presencia) me quedaba tratando de entender en qué momento algo que parecía tan claro había empezado a desarmarse. Ahora lo veo antes. O, al menos, lo siento d...

El silencio después del ruido

Cuando el drama se cae y no hay una historia activa sosteniendo los días, lo primero que aparece no es una emoción clara. No llega con nombre. Llega como una sensación corporal difícil de ordenar: algo entre el alivio y el aburrimiento, entre el descanso y un vacío que no duele, pero se siente. Un vacío que no pide ser llenado con urgencia, aunque a veces tiente hacerlo. El cuerpo entra en una especie de pausa rara. No hay tensión, pero tampoco dirección. Por momentos me siento desorientada, como si me faltara una referencia conocida. Algo que antes estaba siempre ahí —el mensaje esperado, la expectativa, el pensamiento recurrente— ya no ocupa espacio. Y esa ausencia se vive de dos maneras al mismo tiempo: como liviandad y como extrañeza. Estoy tranquila, sí. Pero también estoy aprendiendo a estarlo. Los tiempos muertos, esos que antes se llenaban solos con vínculos, ahora quedan expuestos. No desaparecen; cambian de forma. Los habito con redes sociales, con series, con películas. De...

Donde no pasa nada (pero pasa todo)

Hoy me levanté sin ganas de ir a trabajar. No era cansancio físico. Era otra cosa. Como si necesitara quedarme un rato más en mí, sin salir tan rápido al ritmo de siempre. No lo hice. Fui igual. Pero la sensación quedó. Anoche intenté algo parecido. Me preparé un baño, me metí en la bañera y me quedé ahí, en silencio, tratando de aflojar. De bajar un poco el ruido. De conectar conmigo desde un lugar más calmo. Y, sin embargo, en medio de ese intento, había algo que no terminaba de irse. Esa especie de atención dividida. Como si una parte de mí estuviera ahí, presente, y otra siguiera esperando algo que no llegaba. No pasó nada extraordinario. Y, al mismo tiempo, pasó todo. Hay momentos en los que una empieza a notar ciertos movimientos internos sin que haya un hecho concreto que los justifique del todo. No es tristeza, no es angustia, no es enojo. Es más sutil. Más difícil de nombrar. Es ruido. Un ruido que no viene tanto de afuera, sino de ese espacio intermedio donde todaví...

El vacío también tiene forma

Hay algo que nadie dice de la calma: no siempre se siente bien. Durante mucho tiempo creí que el problema era el caos. Que lo que me desordenaba era la intensidad, la incertidumbre, esa forma de estar con alguien sin saber nunca bien desde dónde ni hasta cuándo. Pensé que, cuando lograra salir de ahí, cuando dejara de confundirme, cuando aprendiera a elegir distinto, todo iba a acomodarse en una especie de paz clara, casi evidente. Pero no. La calma llegó, sí. Y con ella, algo más difícil de nombrar: un vacío sin drama. No es tristeza. No es angustia. No es esa desesperación que alguna vez me hizo revisar un celular cada diez minutos o imaginar respuestas que nunca llegaban. Es otra cosa. Es despertarme un domingo y no tener a quién escribirle sin pensar demasiado. Es salir a tomar algo y no estar esperando que alguien aparezca. Es no tener historia en curso. Y eso, que debería sentirse como un logro, a veces se siente como una pausa demasiado larga. Intento no llenarla automáticamente...

Yo no soy lo que recibo, soy lo que doy

Hace unas semanas que no escribo. No porque no tenga nada que decir, sino porque no me hice el tiempo necesario. En estos últimos días pensé y reflexioné sobre muchas cosas que me vienen pasando, y hoy elijo dejarlo acá. Tal vez alguien esté sintiendo algo parecido y estas palabras le hagan un poco menos pesada la sensación de estar sola. Una de las ideas que más volvió a mi cabeza fue esta: yo no soy lo que recibo, yo soy lo que doy. Mi manera de relacionarme con las personas nunca fue una contabilidad emocional donde todo tiene que devolverse en la misma medida. No sé querer a medias ni actuar en función de lo que me dieron primero. Cuando algo dentro de mí es real —cuando aparecen el cariño, la lealtad o la conexión— no doy menos para protegerme ni doy más esperando recompensa. Doy lo que nace de mí en ese momento. Y sí, a veces eso significa sentir que lo entregado no vuelve con la misma intensidad. A veces también significa descubrir que no todo el mundo ama, cuida o se compr...

El criterio en acción (cuando elegir también implica observar)

Después de todo lo aprendido, llegó una etapa nueva. Más silenciosa. Menos dramática. Una etapa donde empecé, simplemente, a conocer hombres. A tener citas. A conversar. A escuchar. Y, sobre todo, a escucharme. Ya no entraba desde el impulso ni desde la urgencia. Entraba con algo que antes no tenía tan claro: estándares. No como una lista rígida, sino como un marco interno. Una referencia. Algo que me devuelve rápido al eje cuando la emoción amenaza con correrme. Hoy sé qué estoy buscando. No como una exigencia perfecta, sino como una orientación honesta. Sé qué tipo de vínculo quiero construir y, por lo tanto, sé también cuáles no. Eso hace que algunas conversaciones se caigan solas. Que ciertos entusiasmos no prosperen. Que algunos hombres queden rápidamente ubicados en un lugar claro: quieren pasarla bien, quieren algo liviano, quieren presencia intermitente sin responsabilidad emocional. No hay nada malo en eso. Simplemente ya no es mi lugar. Y después están los otros. Los que, ...

El Soita -Fabián Bautista-

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Cuando un árbol no es paisaje, sino destino Hay novelas que narran hechos. Y hay otras que construyen identidad. El Soita pertenece a esta última categoría. La obra entrelaza historia y mito alrededor de la fundación de Comandante Andresito, en Misiones, pero lo hace desde una perspectiva singular: el eje no es un héroe humano, sino un árbol. El soita (también llamado “azota caballos”) se convierte en protagonista simbólico y espiritual de un territorio que se está forjando. A lo largo de los relatos, el árbol no es mero espectador: es señal, es misión, es memoria. Para el teniente coronel Jáuregui, tocar su corteza significa comprender que su destino es fundar un pueblo. Para Benito Katu, el soita es una marca del Gran Espíritu que guía su senda. Para otros personajes (como Don Chinelo o Pacheco) el árbol actúa como espejo, como recordatorio de identidad y propósito. Cada encuentro con el soita es una revelación. En este punto, la novela se eleva por encima del relato histórico...

La tentación de volver (cuando lo conocido todavía seduce)

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Creí, por un momento, que elegir distinto iba a apagar ciertas cosas. Que la claridad traería silencio. Que la calma desplazaría definitivamente a la intensidad. Pero no fue así. Lo que cambió no fue el deseo; fue el lugar desde donde lo miré. Porque después de todo el trabajo, de las decisiones tomadas con conciencia, de los vínculos soltados sin escándalo, apareció eso que ya conocía demasiado bien: la tentación de volver. No a una persona puntual, sino a una forma. A ese tipo de vínculo que activa rápido, que enciende el cuerpo antes que la cabeza, que promete mucho sin decir nada. No fue una recaída ingenua. No hubo engaño. Yo sabía perfectamente dónde estaba entrando. Había mensajes que despertaban algo antiguo. No decían nada extraordinario, pero el tono, el timing, la insinuación justa hacían su trabajo. El cuerpo respondía antes de que pudiera ordenar palabras. La imaginación se adelantaba. La escena se armaba sola. Esa fantasía conocida donde todo parece intenso, posible, v...

No estoy rota, estoy en proceso

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H ubo un tiempo en el que el dolor no era una metáfora, era físico, el pecho ardiendo, la respiración cortada, la sensación constante de que algo dentro se estaba rompiendo sin remedio.  Lloré hasta quedarme vacia, dudé de mi cordura, pensé que ese fuego no iba a apagarse nunca y que vivir asi seria la nueva normalidad. Nadie te prepara para ese punto en el que el dolor te desordena la mente y te hace creer que no vas a salir, que ya no hay forma de volver a sentir paz. Pero sanas, aunque no como te lo imaginas, no de golpe ni con promesas bonitas, sanas despacio, con recaídas, con dias grises y otras a penas soportables. Sanas cuando sobrevives a una noche más, cuando el fuego empieza a arder menos, cuando el corazon deja de doler todo el dia y solo duele de a ratos. Y un dia, casi sin darte cuenta, respiras sin que queme...y ahi entiendes que sí, que sanas, incluso después de haber creído que estabas perdida para siempre.  No puedo negar que todavia estoy sanando, y no tiene...

Habitar el Lugar elegido (cuando la teoria se pone a prueba)

Después de tanto aprender a diferenciar, de ponerle nombre a los vínculos, de ordenar lo que antes era puro impulso, apareció algo nuevo: un vínculo que, en los papeles, estaba bien. No perfecto, pero correcto. Había interés. Había presencia. Había coherencia. No había juegos, ni desapariciones, ni ambigüedades explícitas. Y, aun así, no terminó de convertirse en hogar. No llegó con estruendo ni con promesas. Se fue armando despacio, casi sin que yo lo notara. Nos vimos varias veces. Hubo mensajes, encuentros, gestos claros. Él estaba disponible, demostrativo, cariñoso. Me decía que le gustaba estar conmigo, que quería verme, que le importaba. Todo eso que durante mucho tiempo había buscado en vínculos que no me elegían, esta vez estaba ahí, sin esfuerzo. Y sin embargo, algo no encajaba del todo. Al principio pensé que era miedo. Después, que era exigencia. Me pregunté si no estaría boicoteándome otra vez, si no estaría descartando algo bueno solo porque no venía envuelto en intensi...

La incomodidad de ser elegida

Hubo un momento, después de todo ese recorrido, en el que empecé a encontrarme con otro tipo de vínculos. No eran los que me desarmaban ni los que me dejaban esperando. Eran vínculos donde la elección venía del otro hacia mí. Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar. Ellos estaban. Había insistencia, disponibilidad, ganas explícitas de verme. Propuestas concretas, mensajes frecuentes, una presencia sostenida al menos en palabras. Me decían que querían verme, que yo siempre tenía alguna excusa, que nunca podía. Y era verdad… pero no del todo. Porque cuando yo quería, podía. Lo que pasaba es que no quería ahí. Lejos de tranquilizarme, esa elección me incomodaba. Me generaba rechazo. A veces incluso enojo. Me descubría pensando “qué intenso”, “qué denso”, y cuanto más insistían, más me alejaba. Era como si esa disponibilidad, que en otros momentos yo había reclamado tanto, en este caso me repeliera. No porque estuviera mal en sí misma, sino porque no venía acompañada de lo que yo ne...

El lugar que elijo habitar

Hoy, en 2026, me paro en otro lugar. No porque tenga todas las respuestas, sino porque aprendí a diferenciar. Durante mucho tiempo confundí intensidad con construcción, presencia intermitente con interés, y silencio con profundidad. Hoy ya no. Entiendo que existen vínculos ocasionales, esos que nacen y mueren en el mismo gesto: nos vemos, compartimos un momento, a veces hay intimidad, a veces no, y no prometen nada más que eso. No los juzgo, pero ya no me confundo ahí. No es el lugar desde donde deseo vincularme. También sé que existe la pareja, cuando hay una decisión explícita, un nombre, un proyecto compartido, una presentación al mundo y a la familia. Eso llega (o no) después. No se fuerza. El lugar donde hoy me reconozco es otro: el vínculo afectivo en proceso. Un espacio que no es improvisado ni ambiguo. Un espacio donde hay exclusividad, no por control sino por energía; porque conocer a alguien de verdad requiere presencia, tiempo y foco. No se construye nada profundo mientra...

Cuando el deseo no alcanzaba

Hubieron hombres que llegaron cuando yo ya estaba más lúcida. No cuando estaba rota, ni perdida, ni desbordada. Llegaron cuando, en teoría, todo estaba más ordenado. Y sin embargo, algo no terminaba de encajar. No eran vínculos problemáticos. No había ausencia. No había ambigüedad. No había juegos de poder ni silencios estratégicos. Eran hombres presentes. Disponibles. Interesados. Hombres que respondían, que proponían, que elegían. Y aun así, no podía quedarme. Con algunos de ellos todo parecía correcto. Demasiado correcto. Me escuchaban, me cuidaban, me daban un lugar claro. No tenía que adivinar nada. No tenía que leer entre líneas. No tenía que sostener sola. Pero el cuerpo no respondía. No había ese deseo que empuja. Esa chispa que no se negocia. Esa atracción que no se fuerza por madurez, por conveniencia o por deber ser. Intenté decirme que era tranquilidad. Que era lo sano. Que quizá eso era lo que había que elegir ahora. Pero no. No era calma. Era ausencia de deseo. Y ...

Ser egoísta, es elegirte y eso también está bien ✨

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Durante mucho tiempo pensé que ser buena era decir que sí. Adaptarme, entender, ceder, ponerme para después. Y fui esa mujer. La empática, la disponible, la que siempre estaba. No me juzgo por eso, fue lo que supe hacer. Pero en el medio me dejé bastante sola. En esta formación apareció algo que durante años negué: mi lado egoísta. Y no quiero suavizar la palabra. Egoísta en el sentido de elegir, de decir no quiero esto para mi vida, no lo elijo, no me hace bien. Antes eso me daba culpa. Hoy entiendo que era una parte mía que no tenía permiso. Ahora estoy integrando eso. Decir que no sin explicarme tanto. Elegirme sin sentir que le debo algo a alguien. Ya di mucho de mí, y no lo digo desde la queja, sino desde el registro. Y hoy siento que es momento de darme a mí lo que durante años di a otros. No para ser distinta. Para estar completa.

Cuando dejar de buscar se volvió una forma de encuentro

Hubo un momento (no exacto, no fechado) en el que algo empezó a correrse del centro. Ya no eran ellos. Ya no era el vínculo. Era yo. No fue de un día para el otro. Fue más bien una acumulación silenciosa de cansancio, de preguntas que ya no podía seguir esquivando. Empecé a formarme. A leerme. A mirarme sin maquillaje emocional. No para corregirme, sino para entenderme. Para asumir algo que durante años había delegado: mi vida era mía, y también lo eran mis decisiones, mis elecciones y mis repeticiones. Trabajé heridas. Nombré patrones. Empecé a tener herramientas. No para controlar lo que venía, sino para no volver a perderme en el camino. Aprendí a vincularme distinto con mi entorno cercano, a revisar mis vínculos más íntimos, a preguntarme con honestidad qué quería y qué no estaba dispuesta a volver a negociar. En ese proceso apareció una certeza nueva: necesitaba sostenerme sola. Me inscribí en la facultad. Volví a estudiar. Asumí responsabilidades que antes me daban miedo. Me ...

Cuando la calma también incomoda

Apareció después, cuando yo todavía estaba rota, pero ya no negándolo. No fue en un momento luminoso de mi vida, sino en uno extraño, confuso, donde convivían el cansancio, la lucidez incipiente y una tristeza que ya no gritaba, pero tampoco se había ido. Venía de un vínculo que me había dejado exhausta. No solo por lo que había pasado, sino por lo que había despertado en mí: ansiedad, miedo, una versión mía que no reconocía. Yo seguía funcionando, seguía yendo, hablando, cumpliendo, pero por dentro algo se había desplazado. Ya no quería más de lo mismo, aunque todavía no sabía bien qué quería distinto. Él llegó con otra forma. No apareció la urgencia ni la invasión. En su lugar había educación, escucha, una distancia respetuosa que al principio me descolocó. No parecía buscarme desde el deseo inmediato ni desde el juego del ego. Me habló de emociones, de tiempos, de límites. Se definía desde un lugar que yo no estaba acostumbrada a habitar en mis vínculos: necesitaba sentir antes de...

Donde todo se vuelve silencio

Al principio no hubo una señal clara. No pasó nada que pudiera señalarse con el dedo y decir acá . Fue más bien un corrimiento lento, casi imperceptible, como cuando alguien empieza a hablar un poco menos y una se convence de que es cansancio, rutina, distracción. Yo todavía creía que podía leer al otro, anticipar sus movimientos, ajustar el paso para no perderlo. Todavía creía que el vínculo se sostenía con atención. Nos conocíamos de antes, de un espacio compartido, cotidiano, formal. Pero algo cambió cuando la conversación empezó a correrse del borde permitido. Miradas que duraban un segundo más. Sonrisas que parecían tener intención. Mensajes que nacían con excusas prácticas y terminaban hablando de otra cosa. No hubo una decisión consciente. Fue un deslizamiento. Y a mí, ese deslizamiento, me devolvió algo que había perdido: entusiasmo. Ganas. Una razón mínima para esperar el día siguiente. Cuando el cruce dejó de ser solo insinuación y se volvió cuerpo, fue intenso. Hubo piel, ...

Lo que hice para no sentir

Cuando ya había pasado un tiempo desde aquel encuentro, no ocurrió nada espectacular. No hubo un quiebre ni una caída estrepitosa. Lo que vino fue algo más silencioso: la sensación de que todo seguía igual, aunque por dentro algo había quedado sin nombrar. Volví a moverme. A llenarme los días. A comprarme cosas porque me las merecía. Perfumes, zapatos, carteras. A salir, a ocupar el cuerpo, a no quedarme quieta demasiado tiempo en ningún lugar. Como si detenerme implicara escuchar algo para lo que todavía no estaba preparada. No pensaba en el vacío. Ni siquiera lo reconocía como tal. Lo sentía, sí, pero no lo traducía. Prefería decirme que estaba bien, que era independiente, que no necesitaba demasiado de nadie. Y en esa lógica, los vínculos que aparecían encajaban perfecto: hombres disponibles a medias, presentes sin estar, cercanos pero emocionalmente lejanos. No me incomodaba. O eso creía. Porque mientras no pidiera nada, mientras no esperara demasiado, nada dolía de verdad. H...

Antes de saber pedir

  No fue una aparición repentina ni una historia que empezó con promesas. Fue más bien un tiempo suspendido. Un momento de la vida en el que yo estaba atravesada por pérdidas que todavía no sabía nombrar, intentando sostenerme con lo que tenía a mano: trabajo, responsabilidades, movimiento constante. Había aprendido a no quedarme quieta porque quedarme quieta implicaba sentir, y sentir en ese momento era demasiado. La pandemia me encontró así. Con duelos abiertos, con una vida que había cambiado de forma abrupta, con la sensación persistente de haber sido soltada cuando más necesitaba apoyo. Yo seguía funcionando, pero algo adentro estaba a la intemperie. No buscaba amor, al menos no de manera consciente. Buscaba alivio. Presencia. Algo que me sacara, aunque fuera por momentos, de ese silencio tan lleno. En ese contexto apareció Max. No llegó como un impacto, sino como una continuidad agradable. Una conversación que fluía sin esfuerzo, un intercambio que se volvía cotidiano c...

Cuando dejé de insistir

  No hubo una escena clara ni un momento exacto que pudiera señalar como el inicio. No fue una decisión solemne ni un gesto contundente. Fue algo más silencioso. Un día me di cuenta de que ya no me salía escribir primero. No era enojo ni estrategia. Era falta de impulso. Como si algo que antes nacía solo se hubiera apagado. Después empecé a tardar más en responder. No para generar distancia, sino porque ya no estaba pendiente. El mensaje podía esperar. Yo ya no estaba ahí, mirando la pantalla, imaginando respuestas posibles. Algo en mí había cambiado de lugar. También dejé de explicar cómo me sentía. No porque no lo supiera, sino porque empecé a sentir que explicarlo no producía ningún movimiento real. Las palabras se me volvían innecesarias cuando del otro lado no había un gesto equivalente. Entonces opté por el silencio, no como castigo, sino como resguardo. Hubo un momento en que también dejé de proponer encuentros. No fue desinterés. Fue una intuición clara de que estaba emp...

Morder el Anzuelo-Tessa Bailey

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  Morder el anzuelo fue mi primer acercamiento a la escritura de Tessa Bailey, y también uno de esos libros que llegan sin demasiadas expectativas, atraen primero por la tapa (sus colores, su estética amable) y terminan sorprendiendo por el lugar emocional al que conducen. Desde el inicio, la novela propone algo distinto. El prólogo, construido a través de mensajes de WhatsApp entre Fox y Hannah, funciona como una puerta de entrada eficaz y actual. No solo resulta original, sino que establece de inmediato el tono del vínculo: cercano, cómplice, con una intimidad que se va construyendo en pequeños intercambios. Ese recurso narrativo fue, en mi caso, el primer punto de conexión con la historia. La lectura mantiene un ritmo constante desde el comienzo. No hubo tramos tediosos ni momentos en los que sintiera que la historia se diluía. Por el contrario, el relato avanza combinando el presente del vínculo entre los protagonistas con fragmentos de sus historias personales: la relación ...

Cuando empecé a dudar de mí

La duda no apareció de forma brusca. No fue una pregunta directa ni una crisis evidente. Se instaló de manera más silenciosa, casi prolija. Como si fuera razonable. Como si tuviera sentido. No dudaba de lo que sentía. Dudaba de mi manera de sentir. De si estaba interpretando bien, de si estaba exagerando, de si necesitaba aprender a ser más paciente, más comprensiva, menos demandante. Empecé a mirarme con lupa, buscando el error antes de asumir que algo, simplemente, no estaba funcionando. Cada vez que algo no avanzaba, la revisión era interna. No me preguntaba qué estaba pasando del otro lado, sino qué me estaba faltando a mí. Qué tenía que trabajar, ajustar, entender mejor. La duda no venía acompañada de enojo, sino de una exigencia silenciosa hacia mí misma. Sin darme cuenta, empecé a editarme. A suavizar lo que decía. A pensar dos veces antes de nombrar una incomodidad. No porque no la sintiera, sino porque empecé a creer que sentirla podía ser el problema. Como si el vínculo de...

Cuando la espera empezó a cansar

  Hubo un momento (difícil de fechar) en el que la espera dejó de sentirse paciencia y empezó a sentirse desgaste. No pasó de golpe. Fue un cansancio lento, acumulado, una atención constante puesta en lo que no llegaba. Esperaba mensajes, definiciones, gestos mínimos que confirmaran algo. Esperaba que el otro tuviera tiempo, ganas, claridad. Y aunque parecía una espera externa, era sobre todo mental. Ocurría en el silencio, en los tiempos muertos, en esas horas en las que el teléfono estaba quieto y la cabeza no. Me decía que era parte del proceso, que no todo se da al mismo ritmo, que insistir no era sano. Y aun así, seguía esperando. Sabía (en algún punto) que no tenía que estar cuidando, sosteniendo, explicando de más. Sabía que no me correspondía ocupar ese lugar. Y aun así lo hacía. Escuchaba, acompañaba, estaba disponible. No porque me lo pidieran, sino porque una parte mía creía que así era como se construía algo. Ahí empezaba la contradicción: sabía que no tenía que hace...

El tiempo en que me adaptaba

Hubo un tiempo en el que creí que vincularse era aprender a acomodarse. No lo pensaba de ese modo, claro. En ese momento lo llamaba flexibilidad, empatía, madurez. Creía que saber esperar era una forma de cuidado, una prueba de que estaba haciendo las cosas bien. Me acostumbré a escuchar más de lo que decía, a leer entre líneas, a no interrumpir procesos ajenos con preguntas propias. Si algo no terminaba de cerrarme, me repetía que era ansiedad, que tenía que confiar, que no todo necesitaba definirse tan rápido. Y mientras tanto, casi sin darme cuenta, me iba corriendo un poco de mí. Tan despacio que no lo notaba. Las conexiones solían aparecer de golpe. Había intensidad, palabras justas, una cercanía que parecía promesa. Personas que sabían nombrar emociones, hablar de tiempos, de responsabilidad, de conciencia. Eso me hacía confiar. No porque creyera en cuentos, sino porque creía en la coherencia, en la idea de que quien sabe decir lo que siente también sabe sostenerlo. Entonces e...