El silencio después del ruido

Cuando el drama se cae y no hay una historia activa sosteniendo los días, lo primero que aparece no es una emoción clara. No llega con nombre. Llega como una sensación corporal difícil de ordenar: algo entre el alivio y el aburrimiento, entre el descanso y un vacío que no duele, pero se siente. Un vacío que no pide ser llenado con urgencia, aunque a veces tiente hacerlo.

El cuerpo entra en una especie de pausa rara. No hay tensión, pero tampoco dirección. Por momentos me siento desorientada, como si me faltara una referencia conocida. Algo que antes estaba siempre ahí —el mensaje esperado, la expectativa, el pensamiento recurrente— ya no ocupa espacio. Y esa ausencia se vive de dos maneras al mismo tiempo: como liviandad y como extrañeza. Estoy tranquila, sí. Pero también estoy aprendiendo a estarlo.

Los tiempos muertos, esos que antes se llenaban solos con vínculos, ahora quedan expuestos. No desaparecen; cambian de forma. Los habito con redes sociales, con series, con películas. Descanso más. Me preparo algo rico y disfruto de ese gesto simple. Trabajo. Escribo. No porque tenga que llenar el vacío, sino porque ahora el tiempo me pertenece de otra manera.

Hay momentos en los que pienso: esto es paz. Y otros en los que lo nombro sin rodeos: esto es aburrimiento. En esos instantes aparece el deseo de volver a sentir intensidad, de que alguien importe, de que alguien guste. Las ganas de escribirle a alguien, de esperarlo, de que exista un otro que active algo. No es desesperación. Es memoria emocional.

Cuando la intensidad no está, tampoco aparecen las preguntas de antes. Ya no me pregunto qué soy para alguien ni qué lugar ocupo. En su lugar surge otra inquietud, más silenciosa y más grande: quién estoy siendo ahora. Sé que me estoy armando. Que estoy construyendo una versión mía que no depende de un vínculo para existir. Que hay algo de propósito en ese proceso, aunque todavía no tenga forma definitiva.

Y, sin embargo, hay un miedo nuevo que convive con esta calma. No es miedo a estar sola, sino a perder lo que se ganó. Temo que, si aparece alguien, se diluya esta claridad. Que la autonomía emocional se desarme. Que vuelva, casi sin darme cuenta, a perderme en función de otro.

Tal vez por eso este vacío no es sólo un espacio en blanco. Es un territorio que estoy aprendiendo a cuidar. No porque sea perfecto, sino porque es mío.

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