Cuando empecé a dudar de mí

La duda no apareció de forma brusca. No fue una pregunta directa ni una crisis evidente. Se instaló de manera más silenciosa, casi prolija. Como si fuera razonable. Como si tuviera sentido.

No dudaba de lo que sentía. Dudaba de mi manera de sentir. De si estaba interpretando bien, de si estaba exagerando, de si necesitaba aprender a ser más paciente, más comprensiva, menos demandante. Empecé a mirarme con lupa, buscando el error antes de asumir que algo, simplemente, no estaba funcionando.

Cada vez que algo no avanzaba, la revisión era interna. No me preguntaba qué estaba pasando del otro lado, sino qué me estaba faltando a mí. Qué tenía que trabajar, ajustar, entender mejor. La duda no venía acompañada de enojo, sino de una exigencia silenciosa hacia mí misma.

Sin darme cuenta, empecé a editarme. A suavizar lo que decía. A pensar dos veces antes de nombrar una incomodidad. No porque no la sintiera, sino porque empecé a creer que sentirla podía ser el problema. Como si el vínculo dependiera de que yo aprendiera a necesitar menos.

Lo más confuso era que, desde afuera, todo parecía correcto. Yo estaba siendo razonable, empática, consciente. Pero por dentro algo se iba desdibujando. La duda no me llevaba a comprenderme mejor; me alejaba de mí.

Ahí entendí que no toda revisión es crecimiento. Que a veces la duda no es una señal de madurez, sino una forma de desconfianza aprendida. Y que cuando uno empieza a dudar de su propia percepción de manera constante, el costo no es inmediato, pero es profundo.

Todavía no tenía respuestas claras. Tampoco decisiones tomadas. Pero algo ya estaba en movimiento. No era fuerza ni claridad. Era otra cosa: la intuición de que seguir dudando de mí no podía ser el camino.

Ese fue el momento en que algo empezó a cambiar, aunque todavía no supiera hacia dónde.

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