El tiempo en que me adaptaba
Hubo un tiempo en el que creí que vincularse era aprender a acomodarse. No lo pensaba de ese modo, claro. En ese momento lo llamaba flexibilidad, empatía, madurez. Creía que saber esperar era una forma de cuidado, una prueba de que estaba haciendo las cosas bien.
Me acostumbré a escuchar más de lo que decía, a leer entre líneas, a no interrumpir procesos ajenos con preguntas propias. Si algo no terminaba de cerrarme, me repetía que era ansiedad, que tenía que confiar, que no todo necesitaba definirse tan rápido. Y mientras tanto, casi sin darme cuenta, me iba corriendo un poco de mí. Tan despacio que no lo notaba.
Las conexiones solían aparecer de golpe. Había intensidad, palabras justas, una cercanía que parecía promesa. Personas que sabían nombrar emociones, hablar de tiempos, de responsabilidad, de conciencia. Eso me hacía confiar. No porque creyera en cuentos, sino porque creía en la coherencia, en la idea de que quien sabe decir lo que siente también sabe sostenerlo.
Entonces empezaba a imaginar. No futuros grandilocuentes ni planes exagerados, sino escenas simples: una conversación que llega, un gesto que acompaña, un espacio donde no haga falta adivinar. Algo que se construyera sin esfuerzo excesivo, sin tener que estar siempre atenta a no pedir de más.
Pero siempre había un punto (difícil de precisar) en el que algo empezaba a desacomodarse. No era una pelea ni un corte abrupto. Era más bien una ausencia que se estiraba un poco más de lo esperable, un silencio que empezaba a ocupar demasiado lugar.
La incomodidad la sentía primero en el cuerpo. Después intentaba ordenarla con la cabeza. Buscaba explicaciones razonables, contextos, excusas posibles. Me decía que era parte del proceso, que no todo fluye igual, que insistir tampoco era sano.
Cuando finalmente pedía hablar, no lo hacía desde el reclamo, sino desde la necesidad de entender dónde estaba parada. Quería saber qué estaba pasando, si eso que sentía tenía un lugar del otro lado. Y ahí, muchas veces, no pasaba nada.
Las palabras que antes fluían se volvían escasas. El espacio prometido no aparecía. Y yo me quedaba sosteniendo sola algo que ya no tenía de dónde agarrarse. Sin darme cuenta, empezaba a medir más lo que decía, a pedir menos, a adaptarme para no incomodar.
Durante mucho tiempo no supe cómo llamar a ese cansancio. Solo sabía que me volvía más cuidadosa, más atenta, más silenciosa. Como si el vínculo dependiera de que yo no necesitara demasiado, de que supiera esperar mejor.
Hoy puedo verlo con más claridad. Pero en ese momento no había conclusiones ni aprendizajes formulados. Había espera. Había silencio. Había una adaptación constante que yo confundía con amor propio.
Ese fue el tiempo en que me adaptaba.
Todavía no sabía elegir. Eso vino después.
Comentarios
Publicar un comentario