Cuando el deseo no alcanzaba

Hubieron hombres que llegaron cuando yo ya estaba más lúcida. No cuando estaba rota, ni perdida, ni desbordada. Llegaron cuando, en teoría, todo estaba más ordenado. Y sin embargo, algo no terminaba de encajar.

No eran vínculos problemáticos. No había ausencia. No había ambigüedad. No había juegos de poder ni silencios estratégicos. Eran hombres presentes. Disponibles. Interesados. Hombres que respondían, que proponían, que elegían.

Y aun así, no podía quedarme.

Con algunos de ellos todo parecía correcto. Demasiado correcto. Me escuchaban, me cuidaban, me daban un lugar claro. No tenía que adivinar nada. No tenía que leer entre líneas. No tenía que sostener sola.

Pero el cuerpo no respondía.

No había ese deseo que empuja. Esa chispa que no se negocia. Esa atracción que no se fuerza por madurez, por conveniencia o por deber ser. Intenté decirme que era tranquilidad. Que era lo sano. Que quizá eso era lo que había que elegir ahora.

Pero no.

No era calma. Era ausencia de deseo.

Y aprendí (no sin culpa) que no alcanza con que alguien sea “bueno” si yo no quiero tocarlo, besarlo, pensarlo. Que el amor no se construye solo desde la corrección emocional. Que el deseo también es lenguaje, y que cuando no está, el vínculo se vuelve esfuerzo.

Hubieron otros que sí me elegían. Claramente. Sin vueltas. Me lo decían con palabras y con hechos. Querían estar. Querían avanzar. Querían construir algo conmigo.

Y eso, lejos de tranquilizarme, me confrontaba.

Porque yo no sentía lo mismo.

Ahí apareció una incomodidad distinta. No la de no ser elegida, sino la de no poder elegir. La de tener delante a alguien disponible y no poder forzarme a quererlo. La de entender que decir que no también es una forma de honestidad, aunque duela.

Me encontré comparando, sin querer, con los otros. Con los que sí me atrapaban. Con los que despertaban intensidad, imaginación, deseo. Con los que activaban algo más primario, más visceral, más difícil de domesticar.

Y esa comparación me dejó una pregunta incómoda:
¿por qué lo que me atrae no siempre es lo que me elige, y lo que me elige no siempre es lo que deseo?

No tuve una respuesta inmediata. Solo pude observarme.

Vi que durante mucho tiempo había confundido intensidad con conexión. Pero también vi que negar el deseo era otra forma de traicionarme. Que no todo se sana eligiendo lo correcto. Que no todo se ordena bajando la vara emocional.

Algunos de esos hombres estuvieron poco tiempo. Otros apenas rozaron mi vida. No dejaron grandes historias, pero sí marcas claras. Me enseñaron que no quiero vínculos donde tenga que convencerme. Que no quiero quedarme por miedo a perder una oportunidad “sana”. Que no quiero forzar una atracción para cumplir con una idea de adultez emocional.

No los quise.
Y eso también fue un aprendizaje.

Porque por primera vez pude irme sin drama. Sin escenas. Sin quedarme más de la cuenta. Pude agradecer lo que fueron y soltar lo que no eran para mí.

Todavía no sabía del todo cómo pararme frente al amor.
Pero sí sabía algo con claridad nueva:
no estaba dispuesta a volver a elegirme a medias.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando parecia distinto

Leo diferente según para quién