Donde todo se vuelve silencio
Al principio no hubo una señal clara. No pasó nada que pudiera señalarse con el dedo y decir acá. Fue más bien un corrimiento lento, casi imperceptible, como cuando alguien empieza a hablar un poco menos y una se convence de que es cansancio, rutina, distracción. Yo todavía creía que podía leer al otro, anticipar sus movimientos, ajustar el paso para no perderlo. Todavía creía que el vínculo se sostenía con atención.
Nos conocíamos de antes, de un espacio compartido, cotidiano, formal. Pero algo cambió cuando la conversación empezó a correrse del borde permitido. Miradas que duraban un segundo más. Sonrisas que parecían tener intención. Mensajes que nacían con excusas prácticas y terminaban hablando de otra cosa. No hubo una decisión consciente. Fue un deslizamiento. Y a mí, ese deslizamiento, me devolvió algo que había perdido: entusiasmo. Ganas. Una razón mínima para esperar el día siguiente.
Cuando el cruce dejó de ser solo insinuación y se volvió cuerpo, fue intenso. Hubo piel, química, deseo. De esos encuentros que no necesitan demasiada explicación porque el entendimiento es inmediato. Yo me entregué rápido, no porque no supiera cuidarme, sino porque hacía tiempo que no me sentía así. Creí (o quise creer) que la intensidad era una forma de verdad.
Después de eso, algo empezó a torcerse. No de golpe. No con palabras. Con gestos. Con silencios. Con respuestas que llegaban tarde o no llegaban. Con una distancia que no se explicaba, pero que se sentía. Yo ya estaba enganchada. No lo supe enseguida, pero mi cuerpo sí. Empecé a esperar. A revisar. A pensar qué había dicho, qué había hecho, qué podía corregir.
Hubo reclamos cruzados, escenas confusas, celos que no tenían lugar porque nada estaba definido. Pero aun así dolían. Yo daba más. Me mostraba disponible. Regalaba tiempo, atención, detalles. Él recibía. Yo confundía eso con reciprocidad.
Cuando intenté pedir un poco más (no mucho, apenas claridad) apareció el retroceso. El límite invisible. La retirada. Y después, el corte.
Fue brutal por lo inesperado. Un día hablábamos hasta tarde, compartiendo intimidad, deseo, complicidad. Al día siguiente, nada. Ninguna mirada. Ninguna respuesta. Un muro levantado sin aviso. En el mismo espacio donde antes había cercanía, ahora había una ausencia tan evidente que dolía físicamente. Yo entraba a ese lugar y sentía que no existía.
Busqué explicación. No para discutir, solo para entender. No la hubo. Cuando finalmente la conversación se dio, la historia ya estaba escrita de otro modo. Yo aparecía como el problema. Como la que había reaccionado mal. Como la exagerada. Y en parte era cierto: yo estaba alterada, ansiosa, desbordada. Pero nadie nombró lo que había venido antes. El abandono silencioso. El corte sin palabra. El vacío.
Empezaron los ataques de pánico. La ansiedad. El cuerpo diciendo basta cuando yo todavía no podía. El trabajo se volvió un territorio hostil. Nada era neutro. Todo se vivía como amenaza. Yo ya no funcionaba como antes, y eso me asustaba más que la pérdida del vínculo.
Intenté cerrar. Poner un punto. No hubo respuesta. El otro se quedó con su versión, la más cómoda, la que no exigía hacerse cargo de nada. Yo quedé sosteniendo preguntas que no iban a ser respondidas.
Durante mucho tiempo creí que lo peor era haber perdido ese vínculo. Hoy sé que lo más oscuro fue otra cosa: haberme perdido yo en el intento de sostener algo que no podía sostenerse. No lo sabía entonces. Solo sentía el cansancio, la confusión, el derrumbe lento.
Ahí terminó algo. No supe qué. Todavía no.
Pero fue ahí, en ese silencio, donde empezó a gestarse lo que vendría después.
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