Entradas

Mostrando entradas de enero, 2026

El lugar que elijo habitar

Hoy, en 2026, me paro en otro lugar. No porque tenga todas las respuestas, sino porque aprendí a diferenciar. Durante mucho tiempo confundí intensidad con construcción, presencia intermitente con interés, y silencio con profundidad. Hoy ya no. Entiendo que existen vínculos ocasionales, esos que nacen y mueren en el mismo gesto: nos vemos, compartimos un momento, a veces hay intimidad, a veces no, y no prometen nada más que eso. No los juzgo, pero ya no me confundo ahí. No es el lugar desde donde deseo vincularme. También sé que existe la pareja, cuando hay una decisión explícita, un nombre, un proyecto compartido, una presentación al mundo y a la familia. Eso llega (o no) después. No se fuerza. El lugar donde hoy me reconozco es otro: el vínculo afectivo en proceso. Un espacio que no es improvisado ni ambiguo. Un espacio donde hay exclusividad, no por control sino por energía; porque conocer a alguien de verdad requiere presencia, tiempo y foco. No se construye nada profundo mientra...

Cuando el deseo no alcanzaba

Hubieron hombres que llegaron cuando yo ya estaba más lúcida. No cuando estaba rota, ni perdida, ni desbordada. Llegaron cuando, en teoría, todo estaba más ordenado. Y sin embargo, algo no terminaba de encajar. No eran vínculos problemáticos. No había ausencia. No había ambigüedad. No había juegos de poder ni silencios estratégicos. Eran hombres presentes. Disponibles. Interesados. Hombres que respondían, que proponían, que elegían. Y aun así, no podía quedarme. Con algunos de ellos todo parecía correcto. Demasiado correcto. Me escuchaban, me cuidaban, me daban un lugar claro. No tenía que adivinar nada. No tenía que leer entre líneas. No tenía que sostener sola. Pero el cuerpo no respondía. No había ese deseo que empuja. Esa chispa que no se negocia. Esa atracción que no se fuerza por madurez, por conveniencia o por deber ser. Intenté decirme que era tranquilidad. Que era lo sano. Que quizá eso era lo que había que elegir ahora. Pero no. No era calma. Era ausencia de deseo. Y ...

Ser egoísta, es elegirte y eso también está bien ✨

Imagen
Durante mucho tiempo pensé que ser buena era decir que sí. Adaptarme, entender, ceder, ponerme para después. Y fui esa mujer. La empática, la disponible, la que siempre estaba. No me juzgo por eso, fue lo que supe hacer. Pero en el medio me dejé bastante sola. En esta formación apareció algo que durante años negué: mi lado egoísta. Y no quiero suavizar la palabra. Egoísta en el sentido de elegir, de decir no quiero esto para mi vida, no lo elijo, no me hace bien. Antes eso me daba culpa. Hoy entiendo que era una parte mía que no tenía permiso. Ahora estoy integrando eso. Decir que no sin explicarme tanto. Elegirme sin sentir que le debo algo a alguien. Ya di mucho de mí, y no lo digo desde la queja, sino desde el registro. Y hoy siento que es momento de darme a mí lo que durante años di a otros. No para ser distinta. Para estar completa.

Cuando dejar de buscar se volvió una forma de encuentro

Hubo un momento (no exacto, no fechado) en el que algo empezó a correrse del centro. Ya no eran ellos. Ya no era el vínculo. Era yo. No fue de un día para el otro. Fue más bien una acumulación silenciosa de cansancio, de preguntas que ya no podía seguir esquivando. Empecé a formarme. A leerme. A mirarme sin maquillaje emocional. No para corregirme, sino para entenderme. Para asumir algo que durante años había delegado: mi vida era mía, y también lo eran mis decisiones, mis elecciones y mis repeticiones. Trabajé heridas. Nombré patrones. Empecé a tener herramientas. No para controlar lo que venía, sino para no volver a perderme en el camino. Aprendí a vincularme distinto con mi entorno cercano, a revisar mis vínculos más íntimos, a preguntarme con honestidad qué quería y qué no estaba dispuesta a volver a negociar. En ese proceso apareció una certeza nueva: necesitaba sostenerme sola. Me inscribí en la facultad. Volví a estudiar. Asumí responsabilidades que antes me daban miedo. Me ...

Cuando la calma también incomoda

Apareció después, cuando yo todavía estaba rota, pero ya no negándolo. No fue en un momento luminoso de mi vida, sino en uno extraño, confuso, donde convivían el cansancio, la lucidez incipiente y una tristeza que ya no gritaba, pero tampoco se había ido. Venía de un vínculo que me había dejado exhausta. No solo por lo que había pasado, sino por lo que había despertado en mí: ansiedad, miedo, una versión mía que no reconocía. Yo seguía funcionando, seguía yendo, hablando, cumpliendo, pero por dentro algo se había desplazado. Ya no quería más de lo mismo, aunque todavía no sabía bien qué quería distinto. Él llegó con otra forma. No apareció la urgencia ni la invasión. En su lugar había educación, escucha, una distancia respetuosa que al principio me descolocó. No parecía buscarme desde el deseo inmediato ni desde el juego del ego. Me habló de emociones, de tiempos, de límites. Se definía desde un lugar que yo no estaba acostumbrada a habitar en mis vínculos: necesitaba sentir antes de...

Donde todo se vuelve silencio

Al principio no hubo una señal clara. No pasó nada que pudiera señalarse con el dedo y decir acá . Fue más bien un corrimiento lento, casi imperceptible, como cuando alguien empieza a hablar un poco menos y una se convence de que es cansancio, rutina, distracción. Yo todavía creía que podía leer al otro, anticipar sus movimientos, ajustar el paso para no perderlo. Todavía creía que el vínculo se sostenía con atención. Nos conocíamos de antes, de un espacio compartido, cotidiano, formal. Pero algo cambió cuando la conversación empezó a correrse del borde permitido. Miradas que duraban un segundo más. Sonrisas que parecían tener intención. Mensajes que nacían con excusas prácticas y terminaban hablando de otra cosa. No hubo una decisión consciente. Fue un deslizamiento. Y a mí, ese deslizamiento, me devolvió algo que había perdido: entusiasmo. Ganas. Una razón mínima para esperar el día siguiente. Cuando el cruce dejó de ser solo insinuación y se volvió cuerpo, fue intenso. Hubo piel, ...

Lo que hice para no sentir

Cuando ya había pasado un tiempo desde aquel encuentro, no ocurrió nada espectacular. No hubo un quiebre ni una caída estrepitosa. Lo que vino fue algo más silencioso: la sensación de que todo seguía igual, aunque por dentro algo había quedado sin nombrar. Volví a moverme. A llenarme los días. A comprarme cosas porque me las merecía. Perfumes, zapatos, carteras. A salir, a ocupar el cuerpo, a no quedarme quieta demasiado tiempo en ningún lugar. Como si detenerme implicara escuchar algo para lo que todavía no estaba preparada. No pensaba en el vacío. Ni siquiera lo reconocía como tal. Lo sentía, sí, pero no lo traducía. Prefería decirme que estaba bien, que era independiente, que no necesitaba demasiado de nadie. Y en esa lógica, los vínculos que aparecían encajaban perfecto: hombres disponibles a medias, presentes sin estar, cercanos pero emocionalmente lejanos. No me incomodaba. O eso creía. Porque mientras no pidiera nada, mientras no esperara demasiado, nada dolía de verdad. H...

Antes de saber pedir

  No fue una aparición repentina ni una historia que empezó con promesas. Fue más bien un tiempo suspendido. Un momento de la vida en el que yo estaba atravesada por pérdidas que todavía no sabía nombrar, intentando sostenerme con lo que tenía a mano: trabajo, responsabilidades, movimiento constante. Había aprendido a no quedarme quieta porque quedarme quieta implicaba sentir, y sentir en ese momento era demasiado. La pandemia me encontró así. Con duelos abiertos, con una vida que había cambiado de forma abrupta, con la sensación persistente de haber sido soltada cuando más necesitaba apoyo. Yo seguía funcionando, pero algo adentro estaba a la intemperie. No buscaba amor, al menos no de manera consciente. Buscaba alivio. Presencia. Algo que me sacara, aunque fuera por momentos, de ese silencio tan lleno. En ese contexto apareció Max. No llegó como un impacto, sino como una continuidad agradable. Una conversación que fluía sin esfuerzo, un intercambio que se volvía cotidiano c...

Cuando dejé de insistir

  No hubo una escena clara ni un momento exacto que pudiera señalar como el inicio. No fue una decisión solemne ni un gesto contundente. Fue algo más silencioso. Un día me di cuenta de que ya no me salía escribir primero. No era enojo ni estrategia. Era falta de impulso. Como si algo que antes nacía solo se hubiera apagado. Después empecé a tardar más en responder. No para generar distancia, sino porque ya no estaba pendiente. El mensaje podía esperar. Yo ya no estaba ahí, mirando la pantalla, imaginando respuestas posibles. Algo en mí había cambiado de lugar. También dejé de explicar cómo me sentía. No porque no lo supiera, sino porque empecé a sentir que explicarlo no producía ningún movimiento real. Las palabras se me volvían innecesarias cuando del otro lado no había un gesto equivalente. Entonces opté por el silencio, no como castigo, sino como resguardo. Hubo un momento en que también dejé de proponer encuentros. No fue desinterés. Fue una intuición clara de que estaba emp...

Morder el Anzuelo-Tessa Bailey

Imagen
  Morder el anzuelo fue mi primer acercamiento a la escritura de Tessa Bailey, y también uno de esos libros que llegan sin demasiadas expectativas, atraen primero por la tapa (sus colores, su estética amable) y terminan sorprendiendo por el lugar emocional al que conducen. Desde el inicio, la novela propone algo distinto. El prólogo, construido a través de mensajes de WhatsApp entre Fox y Hannah, funciona como una puerta de entrada eficaz y actual. No solo resulta original, sino que establece de inmediato el tono del vínculo: cercano, cómplice, con una intimidad que se va construyendo en pequeños intercambios. Ese recurso narrativo fue, en mi caso, el primer punto de conexión con la historia. La lectura mantiene un ritmo constante desde el comienzo. No hubo tramos tediosos ni momentos en los que sintiera que la historia se diluía. Por el contrario, el relato avanza combinando el presente del vínculo entre los protagonistas con fragmentos de sus historias personales: la relación ...

Cuando empecé a dudar de mí

La duda no apareció de forma brusca. No fue una pregunta directa ni una crisis evidente. Se instaló de manera más silenciosa, casi prolija. Como si fuera razonable. Como si tuviera sentido. No dudaba de lo que sentía. Dudaba de mi manera de sentir. De si estaba interpretando bien, de si estaba exagerando, de si necesitaba aprender a ser más paciente, más comprensiva, menos demandante. Empecé a mirarme con lupa, buscando el error antes de asumir que algo, simplemente, no estaba funcionando. Cada vez que algo no avanzaba, la revisión era interna. No me preguntaba qué estaba pasando del otro lado, sino qué me estaba faltando a mí. Qué tenía que trabajar, ajustar, entender mejor. La duda no venía acompañada de enojo, sino de una exigencia silenciosa hacia mí misma. Sin darme cuenta, empecé a editarme. A suavizar lo que decía. A pensar dos veces antes de nombrar una incomodidad. No porque no la sintiera, sino porque empecé a creer que sentirla podía ser el problema. Como si el vínculo de...

Cuando la espera empezó a cansar

  Hubo un momento (difícil de fechar) en el que la espera dejó de sentirse paciencia y empezó a sentirse desgaste. No pasó de golpe. Fue un cansancio lento, acumulado, una atención constante puesta en lo que no llegaba. Esperaba mensajes, definiciones, gestos mínimos que confirmaran algo. Esperaba que el otro tuviera tiempo, ganas, claridad. Y aunque parecía una espera externa, era sobre todo mental. Ocurría en el silencio, en los tiempos muertos, en esas horas en las que el teléfono estaba quieto y la cabeza no. Me decía que era parte del proceso, que no todo se da al mismo ritmo, que insistir no era sano. Y aun así, seguía esperando. Sabía (en algún punto) que no tenía que estar cuidando, sosteniendo, explicando de más. Sabía que no me correspondía ocupar ese lugar. Y aun así lo hacía. Escuchaba, acompañaba, estaba disponible. No porque me lo pidieran, sino porque una parte mía creía que así era como se construía algo. Ahí empezaba la contradicción: sabía que no tenía que hace...

El tiempo en que me adaptaba

Hubo un tiempo en el que creí que vincularse era aprender a acomodarse. No lo pensaba de ese modo, claro. En ese momento lo llamaba flexibilidad, empatía, madurez. Creía que saber esperar era una forma de cuidado, una prueba de que estaba haciendo las cosas bien. Me acostumbré a escuchar más de lo que decía, a leer entre líneas, a no interrumpir procesos ajenos con preguntas propias. Si algo no terminaba de cerrarme, me repetía que era ansiedad, que tenía que confiar, que no todo necesitaba definirse tan rápido. Y mientras tanto, casi sin darme cuenta, me iba corriendo un poco de mí. Tan despacio que no lo notaba. Las conexiones solían aparecer de golpe. Había intensidad, palabras justas, una cercanía que parecía promesa. Personas que sabían nombrar emociones, hablar de tiempos, de responsabilidad, de conciencia. Eso me hacía confiar. No porque creyera en cuentos, sino porque creía en la coherencia, en la idea de que quien sabe decir lo que siente también sabe sostenerlo. Entonces e...