Lo que hice para no sentir
Cuando ya había pasado un tiempo desde aquel encuentro, no ocurrió nada espectacular.
No hubo un quiebre ni una caída estrepitosa. Lo que vino fue algo más silencioso: la sensación de que todo seguía igual, aunque por dentro algo había quedado sin nombrar.
Volví a moverme. A llenarme los días. A comprarme cosas porque me las merecía. Perfumes, zapatos, carteras. A salir, a ocupar el cuerpo, a no quedarme quieta demasiado tiempo en ningún lugar. Como si detenerme implicara escuchar algo para lo que todavía no estaba preparada.
No pensaba en el vacío. Ni siquiera lo reconocía como tal. Lo sentía, sí, pero no lo traducía. Prefería decirme que estaba bien, que era independiente, que no necesitaba demasiado de nadie. Y en esa lógica, los vínculos que aparecían encajaban perfecto: hombres disponibles a medias, presentes sin estar, cercanos pero emocionalmente lejanos.
No me incomodaba. O eso creía.
Porque mientras no pidiera nada, mientras no esperara demasiado, nada dolía de verdad.
Había desarrollado una habilidad casi automática para adaptarme. Escuchar más de lo que decía. Leer gestos, silencios, tiempos ajenos. Ajustarme sin preguntar si ese lugar también me alcanzaba. Me convencía de que era madurez, de que era libertad, de que era elección.
Y cada vez que una pregunta asomaba (qué quiero, qué necesito, qué me falta) la descartaba rápido. No era el momento. No valía la pena. No hacía falta profundizar tanto.
Así pasaron meses.
Con una coraza prolija, funcional, socialmente aceptable.
Con la sensación de estar siempre un poco en movimiento para no quedarme sola conmigo.
Todavía no veía patrones.
Todavía no podía nombrar repeticiones.
Solo sabía seguir adelante.
Y fue desde ese lugar (desde la aparente calma, desde la certeza de que ya había aprendido lo suficiente, desde la idea de que lo anterior estaba cerrado) que apareció alguien conocido. No como irrupción, sino como reencuadre. Alguien que ya estaba ahí, pero que empezó a mirarme desde otro lugar. O quizá fui yo la que empezó a mirarlo distinto.
No parecía una amenaza, no parecía un error, no parecía nada de lo que yo creía haber dejado atrás.
Por eso no dudé, por eso no desconfié, por eso no me fui.
Recién mucho después entendí que algunas historias no llegan para repetirse igual, sino para profundizar lo que todavía no supimos ver.
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