Cuando la espera empezó a cansar

 

Hubo un momento (difícil de fechar) en el que la espera dejó de sentirse paciencia y empezó a sentirse desgaste. No pasó de golpe. Fue un cansancio lento, acumulado, una atención constante puesta en lo que no llegaba.

Esperaba mensajes, definiciones, gestos mínimos que confirmaran algo. Esperaba que el otro tuviera tiempo, ganas, claridad. Y aunque parecía una espera externa, era sobre todo mental. Ocurría en el silencio, en los tiempos muertos, en esas horas en las que el teléfono estaba quieto y la cabeza no. Me decía que era parte del proceso, que no todo se da al mismo ritmo, que insistir no era sano. Y aun así, seguía esperando.

Sabía (en algún punto) que no tenía que estar cuidando, sosteniendo, explicando de más. Sabía que no me correspondía ocupar ese lugar. Y aun así lo hacía. Escuchaba, acompañaba, estaba disponible. No porque me lo pidieran, sino porque una parte mía creía que así era como se construía algo. Ahí empezaba la contradicción: sabía que no tenía que hacerlo, pero lo hacía igual.

Cuando el vínculo no avanzaba, cuando el silencio se estiraba más de la cuenta, el pensamiento volvía siempre al mismo lugar. ¿Qué hice mal? ¿Qué me faltó? ¿Qué tengo que seguir trabajando en mí para que esto, alguna vez, se quede? No eran preguntas ingenuas. Eran preguntas cansadas, nacidas de una repetición que ya conocía demasiado bien.

Empecé a pedir menos, a ajustar expectativas, a adaptarme a lo que había, aunque no fuera lo que quería. Me decía que era madurez, que era comprensión, que era dar espacio. Pero el cuerpo empezó a avisar antes que las respuestas. Insomnio. Ansiedad. Una tensión persistente que no se iba ni siquiera cuando, en apariencia, todo estaba tranquilo.

No era angustia abierta. Era algo más silencioso. Era dar demasiado espacio y quedarse sin lugar propio. Era sostener sin ser sostenida. Era empezar a desaparecer un poco para que el otro no se sintiera incómodo.

La espera empezó a cansar cuando dejó de ser elección y se volvió costumbre. Cuando ya no estaba esperando algo concreto, sino sosteniendo una forma de vincularme que me dejaba cada vez más lejos de mí. Todavía no sabía cómo nombrarlo, pero ya no me sentía cómoda ahí.

Eso también fue parte del aprendizaje. Y aunque en ese momento no lo sabía, algo en mí ya estaba empezando a moverse.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando parecia distinto

Leo diferente según para quién