Lo que ya no entrego
Hay una parte de mí que ya decidió.
No fue una decisión impulsiva, ni una reacción al enojo, ni una forma de cerrarme después de algo que dolió. Es más silenciosa que todo eso. Más firme también. Es una parte que entendió algo que antes no veía o, si lo veía, no lo sostenía.
Ya no quiero vincularme desde el cuerpo si no hay algo que me sostenga más allá de ese momento.
No es una regla moral. No es una postura. Es, más bien, una forma de cuidado que antes no sabía cómo tener conmigo.
Durante mucho tiempo confundí conexión con intensidad, y la intensidad con cercanía. Había algo en ese movimiento que me resultaba familiar: avanzar rápido, sentir mucho, dejar que el cuerpo acompañe lo que todavía no estaba construido. No lo pensaba demasiado. Pasaba.
Y después, cuando lo otro no aparecía (la continuidad, la intención, la presencia) me quedaba tratando de entender en qué momento algo que parecía tan claro había empezado a desarmarse.
Ahora lo veo antes.
O, al menos, lo siento distinto.
Después de él, algo se movió de lugar.
No fue solo lo que pasó, sino lo que no pasó. Lo que quedó sin construir, lo que no se eligió, lo que no se sostuvo. Hubo algo ahí que me importó más de lo que quise admitir en ese momento. Y no me di tiempo a quedarme con eso. A entenderlo. A atravesarlo sin distraerme.
Hice lo que antes hacía: seguir.
Empecé a hablar con otros. A darme la oportunidad de conocer. Como si avanzar fuera sinónimo de estar bien. Como si lo nuevo pudiera ocupar el lugar de lo que todavía no había terminado de procesar.
Pero no funcionó.
Las conversaciones empezaron a parecerse entre sí. Algunas ni siquiera llegaban a algo concreto. Otras se desdibujaban rápido. Y en medio de eso, apareció algo que antes no me pasaba con tanta claridad: incomodidad.
No con ellos. Conmigo.
Con responder cosas que no tenían dirección. Con sostener intercambios que ya sabía a dónde iban. Con sentir que, si avanzaba un poco más, iba a estar entrando en un lugar que ya no quiero habitar.
Y ahí apareció esta decisión.
No quiero volver a entregarme desde un lugar que no está sostenido.
No quiero usar el cuerpo como una forma de acercarme a alguien que todavía no mostró que quiere quedarse.
No quiero volver a confundirme.
No porque ahora tenga todo resuelto. No porque el deseo haya desaparecido. Al contrario. El deseo sigue estando. A veces aparece de manera muy concreta, muy física, muy inmediata. Y ahí es donde se vuelve más incómodo sostener esto.
Porque no es ausencia de ganas. Es elección.
Y elegir distinto no siempre es más fácil.
A veces, en medio de esa incomodidad, vuelvo a pensar en él.
No desde la idealización. Ya no. Hay cosas que veo con claridad: lo que no hizo, lo que eligió no sostener, la forma en que se retiró sin incluirme. Eso no cambió.
Pero tampoco lo veo como algo negativo.
Hubo un momento en el que intenté ubicarlo ahí. En un lugar más fácil, más rígido, donde todo pudiera cerrarse rápido. Decirme que no había sido importante, que no valía la pena, que era mejor reducirlo a algo que no doliera.
Pero no era verdad.
Me importó.
Y justamente por eso dolió.
Y recién ahora puedo reconocerlo sin tener que defenderme de eso.
Hay algo que entendí a partir de lo que pasó, aunque en el momento no haya sabido verlo así: cuando alguien me importa, no puedo seguir como si no hubiera pasado nada. No puedo taparlo con lo siguiente. No puedo apurarme a que deje de doler para demostrarme que estoy bien.
No estaba lista para seguir.
Y sin embargo, lo intenté.
Como si moverme rápido fuera una forma de no quedarme. Como si avanzar fuera más importante que procesar. Como si sentir fuera un obstáculo en lugar de una señal.
Pero el cuerpo no acompaña esas decisiones cuando no son reales.
Por eso vuelve.
No él, necesariamente. Sino lo que quedó abierto.
El recuerdo, la sensación, lo que no terminé de elaborar.
Y ahí entiendo algo que en su momento no pude ver del todo.
No se trata de perdonarlo a él.
Esa fue mi primera reacción. Casi automática. Ubicar el perdón como algo hacia afuera, como una forma de cerrar lo que había pasado. Y, en ese momento, no quise hacerlo. Porque veía con claridad que sabía lo que hacía. Que no era confusión. Que había una decisión en su forma de vincularse.
Pero con el tiempo entendí que el peso no estaba en si él merecía o no ese perdón.
El peso estaba en que yo seguía cargando con algo que no me correspondía.
Con la expectativa que había puesto. Con lo que imaginé que podía ser. Con lo que no fue.
Y eso no se suelta hacia el otro.
Se suelta hacia adentro.
No como un acto grandilocuente, ni como una frase que ordena todo de golpe. Más bien como un proceso más silencioso. Más incómodo también. Porque implica dejar de sostener algo que, aunque no funcionó, tenía una forma de presencia.
Y en ese soltar aparece este espacio.
Este momento en el que no hay nadie ocupando ese lugar.
Donde no hay distracciones que me alejen de lo que siento. Donde no hay historias en curso que me den la sensación de que algo está pasando. Donde lo único que queda es esto: yo, conmigo, sosteniendo una decisión que todavía estoy aprendiendo a habitar.
No sé cuánto va a durar.
No sé si es un cierre o una transición.
Pero sí sé que hay algo que ya no puedo hacer como antes.
Y que, aunque por momentos lo dude, esta incomodidad se parece mucho más a cuidarme que a perderme.
Comentarios
Publicar un comentario