El vacío también tiene forma
Hay algo que nadie dice de la calma: no siempre se siente bien.
Durante mucho tiempo creí que el problema era el caos. Que lo que me desordenaba era la intensidad, la incertidumbre, esa forma de estar con alguien sin saber nunca bien desde dónde ni hasta cuándo. Pensé que, cuando lograra salir de ahí, cuando dejara de confundirme, cuando aprendiera a elegir distinto, todo iba a acomodarse en una especie de paz clara, casi evidente.
Pero no.
La calma llegó, sí. Y con ella, algo más difícil de nombrar: un vacío sin drama.
No es tristeza. No es angustia. No es esa desesperación que alguna vez me hizo revisar un celular cada diez minutos o imaginar respuestas que nunca llegaban. Es otra cosa. Es despertarme un domingo y no tener a quién escribirle sin pensar demasiado. Es salir a tomar algo y no estar esperando que alguien aparezca. Es no tener historia en curso.
Y eso, que debería sentirse como un logro, a veces se siente como una pausa demasiado larga.
Intento no llenarla automáticamente. Esa es, quizás, la diferencia más concreta con la versión anterior de mí. Antes no había espacio: apenas algo terminaba, algo empezaba. O al menos lo intentaba. Siempre había alguien que distraía, que ocupaba, que sostenía una ilusión mínima para no quedarme sola con lo que faltaba.
Ahora no.
Ahora dejo que pase el tiempo sin intervenir tanto. O eso intento.
A veces abro las aplicaciones de citas con una mezcla de curiosidad y hastío. Deslizo caras, leo descripciones, intercambio algunas palabras que rara vez llegan a algo más. Hay algo en esa dinámica que ya no me convence, aunque durante un tiempo haya sido suficiente. Las conversaciones se parecen entre sí. Empiezan con cierta intención, pero se diluyen rápido, como si nadie estuviera realmente dispuesto a sostener el interés más allá de lo inmediato.
Y no sé si cambiaron ellos o cambié yo.
Quizás antes me alcanzaba con menos. Con una respuesta a tiempo, con un poco de atención, con esa sensación inicial de ser vista. Ahora necesito algo más difícil de explicar. Algo que no se diga en una biografía ni en un primer encuentro. Algo que tenga continuidad.
Pero esa continuidad no aparece.
Entonces cierro la aplicación, dejo el teléfono a un lado, y vuelvo a este silencio que no es hostil, pero tampoco es cómodo.
En medio de eso, a veces aparece el recuerdo de él.
No como una herida abierta, pero tampoco como algo completamente resuelto. Más bien como una presencia intermitente, que se activa en momentos específicos: una canción, una forma de reírse de algo, el recuerdo del cuerpo cuando todo era simple y no había que pensar demasiado.
Lo extraño en esos detalles.
No extraño la incertidumbre posterior, ni la forma en que se fue desdibujando sin incluirme, sin elegirme de una manera concreta. Eso lo tengo claro. Hay una parte de mí que ya no negocia con eso. Que reconoce rápido cuando algo no tiene dirección, aunque tenga química, aunque tenga momentos.
Pero el cuerpo no siempre responde a la misma lógica.
El cuerpo recuerda distinto.
Y a veces, en esta calma que no termina de asentarse, aparece la tentación de volver a algo que, al menos por un rato, se sentía fácil. No porque crea que funcionaría ahora, sino porque sé exactamente qué esperar. Y lo conocido, incluso cuando no alcanza, tiene una forma particular de tranquilizar.
No vuelvo.
No porque no quiera, sino porque ya no puedo hacer como si no supiera.
Hay algo que cambió de manera irreversible: antes podía quedarme en lugares a medias sin registrar el costo. Ahora lo veo mientras sucede. Y eso modifica todo. No elimina el deseo, no lo vuelve más prolijo, no lo ordena. Pero lo vuelve menos ingenuo.
Y eso, aunque sea más sano, también es más incómodo.
Porque ya no hay fantasía suficiente que tape lo que falta.
Entonces me quedo acá.
En este espacio que no termino de entender del todo. Donde no hay urgencia, pero tampoco hay certeza. Donde sé lo que quiero, pero no aparece. Donde podría aceptar menos, pero no quiero volver a hacerlo.
Es un lugar intermedio.
Sin historia, pero no vacío de sentido.
A veces me pregunto si esto también es parte del proceso o si es simplemente una transición que se está estirando más de lo esperado. Si hay algo que debería hacer distinto o si justamente se trata de no hacer, de no forzar, de no salir a buscar desesperadamente lo que todavía no llega.
No tengo una respuesta clara.
Solo sé que ya no me distraigo como antes.
Que puedo sostener este silencio un poco más.
Y que, aunque por momentos lo dude, hay algo en esta incomodidad que se parece bastante a estar más cerca de mí que de cualquier otra persona.
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