La incomodidad de ser elegida

Hubo un momento, después de todo ese recorrido, en el que empecé a encontrarme con otro tipo de vínculos. No eran los que me desarmaban ni los que me dejaban esperando. Eran vínculos donde la elección venía del otro hacia mí. Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar.

Ellos estaban. Había insistencia, disponibilidad, ganas explícitas de verme. Propuestas concretas, mensajes frecuentes, una presencia sostenida al menos en palabras. Me decían que querían verme, que yo siempre tenía alguna excusa, que nunca podía. Y era verdad… pero no del todo. Porque cuando yo quería, podía. Lo que pasaba es que no quería ahí.

Lejos de tranquilizarme, esa elección me incomodaba. Me generaba rechazo. A veces incluso enojo. Me descubría pensando “qué intenso”, “qué denso”, y cuanto más insistían, más me alejaba. Era como si esa disponibilidad, que en otros momentos yo había reclamado tanto, en este caso me repeliera. No porque estuviera mal en sí misma, sino porque no venía acompañada de lo que yo necesitaba para desear quedarme.

Frente a esa elección sentía culpa. Culpa por no poder corresponder. Culpa por no sentir lo que, en teoría, “debería” sentir. Hubo un momento en que incluso llegué a preguntarme si no me estaba auto-boicoteando: si cuando alguien estaba disponible yo automáticamente lo descartaba. Me lo pregunté en serio. Me lo reproché. Pero con el tiempo entendí que no se trataba de eso.

Lo que faltaba no era voluntad. Faltaba deseo. Faltaba piel. Faltaba conversación viva. Faltaba esa chispa que no se fuerza ni se fabrica. Yo venía acostumbrada a vínculos que me llevaban a un lugar de intensidad extrema, a una adrenalina emocional constante, a estar siempre “allá arriba”. En comparación, estos vínculos me resultaban planos. Al principio podían parecer correctos, incluso agradables, pero algo se apagaba rápido. Y cuando eso pasaba, lo que aparecía no era calma: era rechazo.

A diferencia de otros vínculos, acá yo no me quedaba. No era complaciente. No me adaptaba. No negociaba. Era tajante. Decía que no. Aunque no siempre de la mejor manera. Muchas veces me refugié en excusas: el trabajo, el cansancio, la falta de tiempo. Mentiras suaves que buscaban evitar el conflicto, cuando en realidad la verdad era simple y más incómoda: no estaba disponible para ellos porque no los estaba eligiendo.

En algunos casos intenté justificarlo internamente. “Es re buena persona”, “es un buen pibe”, “tiene todo lo que, en teoría, está bien”. Pero no sentía conexión. No sentía deseo. A veces ni siquiera atracción física. Y ahí aparecía algo que, por primera vez, empecé a sostener sin culparme tanto: no me voy a conformar con menos de lo que necesito solo porque el otro esté disponible.

También apareció otra capa más incómoda todavía. Personas que cumplían con muchas cosas, incluso que me atraían, pero con las que no veía un horizonte posible: falta de proyecto, inestabilidad, desorden. Y aunque antes yo hubiera pasado eso por alto, ahí ya no pude. Empecé a entender que elegir también es hacerse cargo de lo que una quiere construir, no solo de lo que siente en el momento.

El costo de estar (aunque fuera por poco tiempo) en vínculos donde no estaba del todo fue claro: desconexión corporal, incomodidad constante, culpa. Esa sensación de estar ocupando un lugar que no era verdadero ni para el otro ni para mí. Y ahí apareció una verdad que me llevó tiempo aceptar: no elegir también lastima. Tal vez de una forma más silenciosa, pero lastima igual.

Durante mucho tiempo creí que decir que no era más cruel que quedarme un poco más. Que la honestidad podía herir más que la ambigüedad. Hoy sé que no. Postergar, estirar, no decir con claridad desde dónde una está parada, también es una forma de deshonestidad, aunque venga envuelta en buenas intenciones.

De esos vínculos aprendí algo clave sobre mí. Mi tendencia a postergar decisiones incómodas. Mi dificultad para decir un no claro cuando no quería cargar con la culpa. Mi miedo a herir, aun cuando ese miedo terminaba sosteniendo situaciones que no eran genuinas. Aprendí que elegir no es un acto liviano, pero tampoco debería ser un acto forzado.

Entendí que no alcanza con que alguien me elija. Yo también tengo que poder elegir desde el cuerpo, desde el deseo, desde la coherencia con la vida que quiero construir. Y que eso no me vuelve exigente ni fría: me vuelve responsable.

Esa etapa no fue un error. Fue parte del proceso de ordenar mis criterios, de afinar mi escucha interna, de dejar de confundir disponibilidad con compatibilidad. No todos los vínculos que llegan son para quedarse. Y no todo lo que parece “bien” es suficiente.

Ahí empecé a comprender, de verdad, que elegir implica hacerse cargo. De lo que quiero. De lo que no. Y, sobre todo, de no ocupar un lugar que no siento como propio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando parecia distinto

Leo diferente según para quién