Las dos que soy

Hay una parte de mí que aprendió a quedarse quieta.

No porque no tenga ganas de irse. Ni porque haya dejado de desear ciertas cosas. Aprendió a quedarse porque entendió, después de algunas veces, que no todo lo que uno quiere debe perseguirse.

Entonces se sienta.

Espera que pase el impulso de escribir.
Que se acomode la ansiedad.
Que el silencio deje de parecer una pregunta.
Se convence de que estar quieta también es una forma de cuidarse.

Pero hay otra.

Una que no siempre muestro.

Está parada cerca de la puerta.

Mira hacia afuera como si todavía creyera que alguien puede llegar. Como si, en algún lugar que no termina de reconocer, siguiera existiendo la posibilidad de no tener que hacerlo todo sola.

No sé cuál de las dos soy más.

La que se queda sentada, con las manos entrelazadas para no salir corriendo detrás de algo que no viene.

O la que permanece en el umbral, esperando descubrir si esta vez, del otro lado, hay alguien.

Supongo que convivo con ambas.

Con la que aprendió a no perseguir.

Y con la que todavía desea ser encontrada.

Quizás crecer no consiste en matar a una para que sobreviva la otra.

Quizás consiste en dejar de avergonzarse de esa contradicción.

Porque sí, aprendí a estar sola.

Aprendí a sostenerme, a irme, a cerrar puertas y a no volver a abrirlas solo porque alguien golpea.

Pero que pueda hacerlo no significa que no exista una parte de mí que, de vez en cuando, mire hacia la puerta.

No esperando que alguien venga a salvarme.

Solo esperando, quizás, no tener que explicarle a nadie por qué esta vez me gustaría que se quedara.

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