Me cansé del café. Y de la cerveza también.

 No me cansé de las bebidas.

Me cansé de las citas que parecen un trámite.

Durante un tiempo pensé que el problema era la propuesta: ¿Tomamos un café? O su variante: ¿Una cerveza?. Hasta que entendí que ninguna de las dos había sido nunca el verdadero problema.

Lo que me agotaba era lo que esos encuentros representaban.

Era sentarme frente a un desconocido para completar, una vez más, el formulario invisible de siempre.

—¿De qué trabajás? —¿Tenés hijos? —¿Hace cuánto te separaste? —¿Qué buscás?

Las respuestas cambiaban de persona en persona, pero la escena era exactamente la misma. Tan predecible que, muchas veces, antes de llegar al segundo sorbo ya sabía cómo iba a terminar la conversación.

Entonces entendí algo.

No necesitaba una cita extravagante. No necesitaba globos aerostáticos ni viajes sorpresa.

Necesitaba identidad.

Si sos de los que entrenan, quiero entender qué te mueve: si es disciplina, si es escape, si es algo que descubriste tarde y te cambió la vida. Si viajás, quiero saber cuál fue el lugar que todavía no pudiste olvidar y por qué. Si construís algo —lo que sea, un proyecto, un oficio, una idea— quiero escuchar la historia detrás de eso. Si te apasiona algo que la mayoría no entiende, quiero que me lo expliques igual.

No busco un plan original por el simple hecho de que sea distinto. Busco que la invitación tenga algo de esa persona. Que no pueda copiarla y pegarla para diez mujeres diferentes.

Porque una cita también cuenta una historia.

Y la forma en que alguien invita a conocerse dice mucho sobre cómo entiende el encuentro.

No necesito que me impresionen.

Necesito sentir que me están abriendo una pequeña ventana a su mundo.

Tal vez por eso el café y la cerveza dejaron de entusiasmarme.

No por lo que son.

Sino porque demasiadas veces fueron apenas el escritorio donde dos desconocidos se entrevistaban para un puesto que ninguno sabía si realmente quería ocupar.

Yo ya no quiero entrevistas.

Quiero experiencias.

Quiero salir de una primera cita con la sensación de haber conocido un pedacito del universo del otro. Y, con un poco de suerte, haberle mostrado también un rincón del mío.


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