Hay personas que nos gustan y aun así no nos sirven
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Hay personas que nos gustan muchísimo, nos gusta cómo nos miran, cómo nos hacen reír, cómo se siente estar cerca de ellas, nos gusta el deseo, la conversación, la complicidad, incluso esa sensación de reconocer algo conocido cuando volvemos a encontrarnos. Y, sin embargo, hay algo que no encaja.
No necesariamente porque haya algo malo en ellas. Ni porque nos hayan hecho daño. Ni porque todo haya sido una mentira. Simplemente porque lo que existe entre dos personas puede ser hermoso y, aun así, no ser suficiente para construir lo que una de ellas necesita. Y quizás esa sea una de las contradicciones más difíciles de aceptar.
Porque cuando alguien no nos gusta, es fácil irse. Cuando alguien nos gusta pero nos hace mal, también podemos encontrar una razón para hacerlo. Pero ¿qué hacemos cuando alguien nos gusta y, al mismo tiempo, sabemos que no nos alcanza? Ahí no hay una respuesta tan sencilla.
Porque podés sentir deseo. Podés sentir cariño. Podés disfrutar de su compañía. Podés querer volver a verlo. Podés tener una conexión que no aparece todos los días.
Y aun así, podés mirar todo eso y pensar: Sí, pero esto no es lo que quiero para mi vida.
Y eso no significa que esa persona no valga la pena.
Significa que ese vínculo no tiene el lugar que necesitás que tenga.
No hablo de personas que “sirven” o “no sirven”, como si estuviéramos eligiendo algo de una estantería.
Hablo de otra cosa. De si esa persona puede encontrarse con vos en el lugar desde el que vos querés vincularte. Porque alguien puede desearte y no poder sostenerte. Puede quererte y no poder darte presencia. Puede disfrutar de estar con vos y no querer construir una vida en la que haya más espacio para vos. Puede verte, reconocerte, admirar cosas de vos y, aun así, no elegir compartir con vos aquello que vos necesitás compartir...
Y ninguna de esas cosas convierte a alguien en una mala persona.
Pero tampoco convierte a ese alguien en la persona indicada para vos.
Creo que ahí aparece una pregunta mucho más incómoda que ¿por qué no me elige?:
Si me eligiera, ¿sería esta la forma en la que quiero ser elegida?
Porque no alcanza con que alguien quiera estar. Importa cómo quiere estar. No alcanza con gustarle a alguien. Importa si aquello que esa persona puede ofrecer coincide con aquello que vos necesitás recibir.
Y quizás por eso algunas despedidas duelen tanto. No porque no sepamos que tenemos que irnos.
Sino porque sabemos perfectamente que, si las condiciones fueran otras, nos quedaríamos.
Porque nos gusta.
Porque hay deseo.
Porque hay recuerdos.
Porque hubo momentos hermosos.
Porque una parte nuestra todavía quisiera que esta vez fuera diferente.
Pero querer que algo sea diferente no lo vuelve diferente.
Y aceptar eso tampoco borra lo que sentimos.
Podemos querer a alguien y saber que no queremos una relación con esa persona. Podemos desear a alguien y entender que el deseo no alcanza para construir. Podemos extrañar a alguien y, aun así, no volver. Podemos reconocer todo lo bueno que alguien tiene y también reconocer que no es lo que necesitamos.
Y quizás ahí haya una forma mucho más honesta de elegirnos: No preguntarnos solamente quién nos elige. Preguntarnos también a quién elegimos nosotras para compartir nuestra vida.
Porque ser elegida importa.
Pero también importa poder mirarlo y pensar: Sí. Esto es exactamente el tipo de amor, presencia y vínculo que quiero para mí.
Y cuando la respuesta no es sí, quizás no haya nada que arreglar.
Quizás simplemente haya que aceptar que hay personas que nos gustan y, aun así, no nos sirven para la vida que queremos construir...
Continuará.
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