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Cuando parecia distinto

Hay algo que pasa a veces, y es difícil de detectar en el momento. Alguien aparece y, sin hacer demasiado, se siente distinto. No por intensidad. No por vértigo. Sino por algo más calmo. Más claro. Como si, por una vez, no hubiera que estar interpretando todo el tiempo. Como si lo que el otro dice y lo que muestra estuvieran, más o menos, en la misma línea. Y eso alcanza para bajar la guardia. No del todo. Pero lo suficiente. Las conversaciones fluyen, hay interés, hay presencia. No hay esfuerzo en sostener el intercambio. Y en medio de esa dinámica, empieza a aparecer una sensación conocida, pero que esta vez parece más tranquila: la de posibilidad. No algo armado. No una historia proyectada. Pero sí la idea de que podría ser distinto. Y, sin embargo, hay momentos donde algo se corre apenas. No es un quiebre evidente. No hay una escena clara donde todo cambia. Es más sutil. Más incómodo de explicar. Un límite que aparece y no se termina de sostener. Una conversación que se m...

Mi amor es de peso – Katherine Flores

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Hay historias que buscan entretener, acompañar y recordarnos que el amor propio también forma parte del camino. Mi amor es de peso , de Katherine Flores, es una novela que combina romance, amistad, misterio y crecimiento personal en una lectura ágil y dinámica. La historia nos presenta a Colette, una joven que convive con inseguridades relacionadas con su cuerpo y autoestima, mientras intenta encontrar su lugar entre los sentimientos que ha guardado durante años, sus vínculos más cercanos y una serie de acontecimientos que comienzan a alterar su rutina. A su alrededor aparecen personajes que tendrán un papel importante en su vida, aportando distintas miradas sobre el amor, la amistad y la confianza. Uno de los aspectos que más disfruté de la novela fue su ritmo de lectura. Los capítulos cortos y el constante movimiento de la trama hacen que sea una historia fácil de continuar y muy rápida de leer. Además, incorpora una cuota de misterio que acompaña gran parte del recorrido y despierta...

Lo que ya no entrego

 Hay una parte de mí que ya decidió. No fue una decisión impulsiva, ni una reacción al enojo, ni una forma de cerrarme después de algo que dolió. Es más silenciosa que todo eso. Más firme también. Es una parte que entendió algo que antes no veía o, si lo veía, no lo sostenía. Ya no quiero vincularme desde el cuerpo si no hay algo que me sostenga más allá de ese momento. No es una regla moral. No es una postura. Es, más bien, una forma de cuidado que antes no sabía cómo tener conmigo. Durante mucho tiempo confundí conexión con intensidad, y la intensidad con cercanía. Había algo en ese movimiento que me resultaba familiar: avanzar rápido, sentir mucho, dejar que el cuerpo acompañe lo que todavía no estaba construido. No lo pensaba demasiado. Pasaba. Y después, cuando lo otro no aparecía (la continuidad, la intención, la presencia) me quedaba tratando de entender en qué momento algo que parecía tan claro había empezado a desarmarse. Ahora lo veo antes. O, al menos, lo siento d...

El silencio después del ruido

Cuando el drama se cae y no hay una historia activa sosteniendo los días, lo primero que aparece no es una emoción clara. No llega con nombre. Llega como una sensación corporal difícil de ordenar: algo entre el alivio y el aburrimiento, entre el descanso y un vacío que no duele, pero se siente. Un vacío que no pide ser llenado con urgencia, aunque a veces tiente hacerlo. El cuerpo entra en una especie de pausa rara. No hay tensión, pero tampoco dirección. Por momentos me siento desorientada, como si me faltara una referencia conocida. Algo que antes estaba siempre ahí —el mensaje esperado, la expectativa, el pensamiento recurrente— ya no ocupa espacio. Y esa ausencia se vive de dos maneras al mismo tiempo: como liviandad y como extrañeza. Estoy tranquila, sí. Pero también estoy aprendiendo a estarlo. Los tiempos muertos, esos que antes se llenaban solos con vínculos, ahora quedan expuestos. No desaparecen; cambian de forma. Los habito con redes sociales, con series, con películas. De...

Donde no pasa nada (pero pasa todo)

Hoy me levanté sin ganas de ir a trabajar. No era cansancio físico. Era otra cosa. Como si necesitara quedarme un rato más en mí, sin salir tan rápido al ritmo de siempre. No lo hice. Fui igual. Pero la sensación quedó. Anoche intenté algo parecido. Me preparé un baño, me metí en la bañera y me quedé ahí, en silencio, tratando de aflojar. De bajar un poco el ruido. De conectar conmigo desde un lugar más calmo. Y, sin embargo, en medio de ese intento, había algo que no terminaba de irse. Esa especie de atención dividida. Como si una parte de mí estuviera ahí, presente, y otra siguiera esperando algo que no llegaba. No pasó nada extraordinario. Y, al mismo tiempo, pasó todo. Hay momentos en los que una empieza a notar ciertos movimientos internos sin que haya un hecho concreto que los justifique del todo. No es tristeza, no es angustia, no es enojo. Es más sutil. Más difícil de nombrar. Es ruido. Un ruido que no viene tanto de afuera, sino de ese espacio intermedio donde todaví...